lunes, 20 de noviembre de 2017

Luchar contra los prejuicios

A todos nos gusta pensar que tomamos decisiones equitativas y racionales, pero los prejuicios son una parte inextricable de nuestro comportamiento. No deben verse como un mal exclusivo de las sociedades modernas, al contrario. Es probable que surgieran como un mecanismo protector, porque nos permiten emitir juicios más rápidos que si interviene el razonamiento. Esto nos puede dar una ventaja a la hora de evitar un peligro inminente, pero el precio que pagamos es un número elevado de falsos positivos: las generalizaciones que fundamentan los prejuicios resultan equivocadas en muchos casos. Esto, que es perfectamente tolerable en un entorno en el que prima la supervivencia, como el de nuestros antepasados, resulta un inconveniente en los entramados sociales de hoy en día, donde idealmente debería prevalecer la justicia y la igualdad.

Pero no es tan sencillo luchar contra esta inercia biológica. Tres psicólogos de la Universidad de Harvard crearon en 1998 un test para medir las conexiones que hacemos de manera automática (www.implicit.harvard.edu). Se trata de clasificar rápidamente palabras de connotaciones positivas o negativas e imágenes de personas de piel clara u oscura. Haciendo esto, quedan al descubierto asociaciones inconscientes entre color de piel y bueno o malo, que el cerebro utiliza porque no requieren la participación de los centros racionales y puede ir más deprisa. El ejercicio mide cómo relacionamos sin querer conceptos malos con ciertos grupos étnicos, pero también se puede mirar por género, edad, orientación sexual o cualquier otro parámetro. Sorprendentemente, personas que consideran que no discriminan muestran un sesgo predeterminado en un 40% de los casos. Es más: cuando se repite el test, los resultados son similares. Es decir, incluso sabiendo que involuntariamente no estamos siendo del todo ecuánimes, el piloto automático continúa desequilibrando la balanza.

Una conclusión de estos trabajos sería que parte de las decisiones que tomamos en la vida están fundamentadas en presunciones erróneas, que solo evitaríamos si dedicáramos suficiente tiempo a pensar en ello. Estas preferencias escondidas, junto con otras que quizá no lo son tanto, serían clave, por ejemplo, en la frecuente discriminación laboral por motivos de género. Para evitarlo, el mundo de la música se han popularizado las audiciones a ciegas, por lo que no se sabe el sexo de quien toca el instrumento.

Un truco tan simple ha hecho que el número de mujeres que se contrata en las orquestas se haya doblado y ya se acerque a la paridad. El problema es más difícil de solucionar en situaciones de estrés, cuando tenemos que tomar una decisión en fracciones de segundo. La prueba es el elevado número de muertes de piel oscura a manos de la policía en Estados Unidos, que todavía tiende a disparar más rápido cuando ven una conducta sospechosa en una persona negra.

Todo ello demuestra que los prejuicios existen y que no sirve de nada creer que nosotros no tenemos. No nos debemos sentir avergonzados: es una respuesta natural de la mente. Lo necesario es reconocerlo y hacer todo lo posible para evitar que nos condicionen el comportamiento. Por ejemplo, desconfiando de las primeras impresiones y haciendo el esfuerzo de recoger toda la información posible antes de decidir. Es importante no quedarnos con la opción fácil, la que nos atrae de una manera más espontánea, porque al ser la que más bebe de los instintos, es más fácil que esté contaminada por un sesgo inconsciente.

Esto es especialmente crítico cuando tenemos que tomar decisiones que afectan el futuro común, como cuando se da voz al pueblo en unas elecciones. La democracia, que parte de la base de que todos estamos capacitados para hacer una elección razonada y libre, no tiene en cuenta que los defectos inherentes de la mente humana, fácilmente manipulables por los más hábiles, pueden llevarnos a opciones del todo ilógicas. Para que la democracia funcione, debemos poder superar las inercias que nuestro entorno social nos ha implantado y elegir lo que es justo.

Es falso que las cosas dependan del color del cristal a través del cual las contemplamos. La realidad es una, lo que varía es nuestra manera de interpretarla. Para poder acercanos a ella al máximo debemos esforzarnos. La realidad no se puede consumir pasivamente, como estamos acostumbrados a hacer, dejando que los líderes nos impongan su versión. La próxima vez que haya votaciones, todo el mundo debería plantearse si el desprecio por unas ideas o unas personas es merecido o nos estamos dejando llevar por prejuicios ocultos, si un anhelo es realmente absurdo o si estamos permitiendo que los instintos hablen por nosotros.

[Publicado en El Periódico, 11/11/17. Versió en català.]

lunes, 23 de octubre de 2017

Violencia

La violencia es prevalente en la naturaleza. Muchos animales la utilizan para alimentarse, aparearse o mantener las estructuras sociales propias de su especie. La violencia es también uno de los engranajes de la selección natural, y así ha contribuido a la evolución de organismos físicamente más resistentes. Desde el punto de vista biológico tiene una utilidad innegable, por eso los humanos la hemos practicado desde los inicios. Pero con el paso de los milenios hemos desarrollado un nivel de complejidad en el que es necesario que el individuo tenga unos derechos básicos por encima del bien de la comunidad. En este contexto, la violencia contra un miembro de la misma especie puede llegar a ser contraproducente e ir en detrimento del progreso, por eso hemos inventado maneras de regularla.

Podríamos pensar entonces que el hombre no es violento por defecto. Este es un tema que siempre ha preocupado a los filósofos. Recordemos que Hobbes creía que nacemos con el impulso de la violencia ya implantado, mientras que Rousseau daba la culpa al entorno, que nos obliga a escoger un camino u otro. La ciencia moderna puede ofrecer respuestas y ayudar a resolver estas dudas. Por ejemplo, un estudio del año pasado calculaba que, cuando aparecieron los primeros mamíferos, el 0,3% de las muertes eran debidas a violencia entre congéneres. A medida que los animales evolucionaban, la cifra aumentaba, y cuando surgieron los primates ya superaba el 2%. Entre ellos, los humanos éramos los peores, con unos porcentajes de muertes violentas hace 200.000 años seis veces más altos que la media de todos los mamíferos. Gracias a los análisis sabemos que estos comportamientos deben estar determinados genéticamente, ya que especies evolutivamente próximas presentan cifras similares. Parecería, pues, que la intuición de Hobbes era correcta.

Pero si continuamos investigando la historia veremos que al final las cosas cambian. Aunque hace entre 500 y 3.000 años conseguíamos cifras récord de 15-30% de muertes causadas por nosotros mismos, un siglo atrás ya habían bajado en picado y llegaban a los niveles actuales, cercanos al 0,01%. Son unas 200 veces menos de lo que nos tocaría, biológicamente hablando. Esto querría decir que, aunque la naturaleza nos hubiera hecho intrínsecamente violentos, seríamos capaces de modificar significativamente nuestras tendencias innatas. ¿Cómo lo habríamos conseguido?

Hoy el miedo a recibir el castigo legal es suficiente para evitar que queramos usar la violencia
La violencia se puede modular de muchas maneras. Hay teorías que dicen que la dieta puede tener un efecto: comer mejor frenaría las respuestas agresivas. De hecho, un estudio en las cárceles británicas concluyó hace 15 años que los suplementos dietéticos reducían un 35% los incidentes entre los reos. Las temperaturas también tienen un impacto. Se ha visto que los crímenes aumentan cuando hace más calor y que cualquier desviación sustancial de los patrones habituales de una zona induce a la violencia. Se cree que el hecho de que las condiciones climáticas extremas sean más frecuentes gracias al calentamiento global podría haber incrementado un 16% los conflictos en algunas áreas. A nivel molecular, la testosterona se ha relacionado con la violencia, pero aunque es cierto que la hormona masculina fomenta la agresión en respuesta a provocaciones, también es responsable de la generosidad en otras circunstancias, así que el vínculo no es tan directo. También se ha visto que bloquear la serotonina aumenta los ataques entre ratones machos, lo que hace pensar en elevar los niveles para tratar a los individuos más peligrosos.

Pero la victoria sobre la violencia no ha venido por ninguno de estos lados. Nuestro éxito principal es haber transferido el poder al grupo: la violencia ha dejado de ser un derecho personal para convertirse en un monopolio de los estados. Una cesión tan simple la ha convertido en prescindible. Ahora solo hay que aplicarla en ocasiones puntuales, porque, en el resto, el miedo a recibir el castigo legal es suficiente para evitar que la queramos usar. La violencia, que liberalizada era una amenaza para los niveles extremadamente regulados de orden que requieren las comunidades modernas, se ha convertido en uno de los fundamentos de la paz social una vez contenida.

Por eso los que la controlan tienen una gran responsabilidad. Solo la pueden utilizar contra la población cuando está justificado, y nunca para resolver conflictos de naturaleza pacífica. Un Estado que legitima la fuerza innecesaria como herramienta resolutiva o no la corta de raíz cuando surge espontáneamente está franquiciándola de nuevo a los particulares, que se sienten empoderados para aplicarla a su gusto. Este es el camino más rápido para volver a la edad media.

[Publicado en El Periódico, 14-10-17. Versió en català.]

lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Aún evolucionamos los humanos?

Un efecto inesperado de esta década convulsa que estamos viviendo ha sido la recuperación de imágenes que deberían estar ya superadas. Una serie de monstruos pretéritos, que suponíamos muertos y enterrados hacía tiempo, van saliendo de sus tumbas y se pasean de nuevo por países supuestamente civilizados. Si miramos a Estados Unidos, por ejemplo, durante cierto tiempo el paradigma de sociedad avanzada que nos servía de referente, volvemos a tener fascistas gritando orgullosos por las calles; libertades recortadas en nombre de la seguridad; la separación de poderes, eslabón fundacional de la democracia, cada vez más diluida; medios de comunicación convertidos en altavoces de la demagogia de quien les paga las facturas, como la cadena Fox, mientras se difama, amenaza o silencia a otras, como la CNN; discriminación sistemática de una parte de la población, sea por sexo, color de piel o ideología; políticos enrocados en ideas obsoletas, empezando por su presidente, que han perdido el miedo a que la mentira sea el fundamento donde edifican su programa; y, en medio de todo ello, una mayoría que se deja manipular sin cuestionarse prácticamente nada. Quienes pensaban que la última revolución ideológica, la de los 60 y 70, había eliminado para siempre estas reliquias históricas han pecado de optimistas.

El hombre no tropieza dos veces en la misma piedra: lo hace constantemente. Y eso ocurre porque ciertos comportamientos están integrados en nuestra especie gracias a la selección natural, gracias a que en algún momento clave de nuestro pasado nos dieron algún tipo de ventaja esencial. El estado basal de los humanos es la xenofobia, el machismo, el totalitarismo y el sistema de castas. A pesar de todos los esfuerzos que hacemos para evitarlo, nunca dejaremos de sentirnos atraídos por eso. No culpen a nadie más que a la biología: es la estructura social que adoptamos espontáneamente en función de lo que nos permitía sobrevivir mejor, como lo han hecho los demás animales del planeta.

Pero nosotros somos diferentes. Nuestro cerebro privilegiado nos ha dado la capacidad de cambiar las cartas que nos venían dadas. Poco a poco, hemos ido encontrando alternativas a este sistema operativo que teníamos instalado por defecto. Nos pasamos buena parte del siglo XX desobedeciendo una serie de instintos que nos coartaban el progreso, para poder construir así un modelo diferente, más acorde con el nuevo formato de justicia que se formaba en el imaginario colectivo. Tenemos que estar orgullosos, pues, de no estar ya a merced de los dictados biológicos, de habernos salido del camino marcado a nivel social. Por eso duele ver que, tras la cortina impoluta de la civilización moderna, seguimos siendo tan bestias como siempre. Se trata de no bajar nunca la guardia, porque, llegados a este punto, evolucionar significa evitar que la evolución nos imponga sus normas.

¿Funciona también la premisa a nivel individual? Parte fundamental de la construcción de esta sociedad más igualitaria que perseguíamos era cargarse la máxima sagrada de la supervivencia de los fuertes. Esto significa favorecer que no solo los más aptos aporten sus genes a la mezcla que define la especie. Esto significa, una vez más, pervertir los principios de la selección natural. Y así lo estamos haciendo. Por ejemplo: la medicina moderna ha permitido que no solo las personas con los mejores sistemas inmunes sobrevivan a la infancia o que un porcentaje inusualmente alto llegue a la vejez.

¿Qué efecto a largo plazo tendrán estas injerencias? Aún es pronto para saber el impacto, porque nuestra unidad de tiempo es el año, mientras que la de la selección natural es el siglo. Pero sabemos que el genoma humano no es estático: a pesar de todo, no hemos frenado la evolución. Un estudio publicado hace un par de semanas en la revista 'PLoS Biology' lo confirmaba. El análisis de más de 200.000 muestras de ADN concluía que, en tan solo un par de generaciones, la humanidad ha incorporado variantes genéticas que favorecen la longevidad. Esto es inaudito. La selección natural solo actúa sobre las características que nos hacen procrear mejor. No tiene ninguna necesidad de alargarnos la existencia, por eso nuestra esperanza de vida media antes de que interviniéramos era de menos de 40 años. ¿Por qué está cambiando la norma? Porque hay algo que relaciona el éxito reproductivo y la longevidad, y todavía no sabemos qué es. Por mucho que pensemos que controlamos la situación, la biología siempre tendrá alguna carta escondida. La ciencia debe continuar ayudándonos a luchar para ser los que elijamos si queremos aceptarla o no. 

[Publciado en El Periódico, 16/9/17. Versió en català.]

martes, 25 de julio de 2017

Tan complicados, tan sencillos

Uno de los momentos clave de la historia fue descubrir que todos los seres vivos están hechos de células, que no somos una sola entidad sin fronteras internas sino un complejo rompecabezas de piezas muy diversas. Lo es claramente desde el punto de vista médico, porque ha permitido entender que un organismo deja de funcionar correctamente porque lo hacen algunas de sus partes microscópicas. Enfermamos porque nuestras células enferman. Esto ha resuelto muchos enigmas abriendo la puerta a la era de la biomedicina, una manera de entender la salud que nos ha llevado a las terapias dirigidas, los tratamientos moleculares o la medicina personalizada. Son formas de admitir que para curar a un individuo tenemos que solucionar los problemas de las unidades que lo forman.

Reconocer que somos como un cúmulo de células también es un punto de inflexión desde el punto de vista filosófico. Darnos cuenta de que el cuerpo se puede fragmentar en millones de pequeños módulos independientes, que tienen un sentido vital por sí solos, nos ha permitido encarar nuestra existencia de forma más humilde. Grandes disquisiciones sobre el pensamiento y la conciencia, que habían ocupado largas horas a los sabios, cambiaron radicalmente cuando supimos que lo que nos hace humanos está definido por unas neuronas perfectamente sincronizadas e interconectadas, regidas por las mismas normas que cualquier otro fragmento de materia.Ya no necesitamos buscar explicaciones sobrenaturales a lo que la bioquímica y la genética pueden justificar por sí solas. El estudio del saber siempre ha sido un ejercicio de antropocentrismo, para el que los humanos ocupamos el vértice de la pirámide intelectual de este planeta, pero la biología tiene esta habilidad de ponernos en el lugar que nos corresponde: nos permite describir de una manera física todas estas habilidades que siempre nos han hecho sentir como unos escogidos.

Más de una vez he discutido con un buen amigo científico si hemos de considerar al ser humano como la máxima meta de la evolución. Todo depende de qué definiciones usamos, claro. Sin duda, el hecho de ser los únicos seres vivos conscientes de nuestra existencia y de nuestra mortalidad nos da una ventaja en muchas de las clasificaciones posibles. Y también se puede argumentar que un ser vivo capaz de crear belleza tan solo por el placer de contemplarla, leerla o escucharla juega a una liga evolutiva diferente. Pero si dejamos de lado nuestro espectacular cerebro y los beneficios que nos reporta, el resto es bastante comparable a tantos otros prodigios que el tiempo y el azar han ido construyendo.

En este sentido, no somos nada especial. Hay muchos organismos multicelulares que son preciosos ejemplos de adaptación a su entorno. Y aún es más espectacular un elemento como un virus, que ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en considerar si está vivo o no, tan simple y tan exquisitamente hábil a la hora de perpetuar su ADN en todas partes. En comparación, nuestra carcasa es demasiado débil para subsistir en la mayoría de entornos sin ayudas artificiales que complementen las carencias. Los virus no tienen estos problemas: ya estaban aquí antes de que apareciéramos y seguirán cuando nos extingamos.

Además, la aparente complejidad de la naturaleza es a veces más simple de lo que parece, y nosotros podríamos servir de modelo para esta paradoja. Nuestro genoma, el libro de instrucciones que nos hace tan poderosos, no es ni mucho menos el más largo conocido. Tiene 3.200 millones de letras, por los 150.000 de la flor 'Paris japonica' o los 22.180 del pino. Son organismos teóricamente más simples, pero con mucha más información en las células. Y aún es más sorprendente que una ameba, hecha de una sola célula, los supere con 670.000. También encontramos el ejemplo contrario: unos hongos pluricelulares funcionan con un genoma del tamaño del de una levadura, mucho más pequeño de lo que les correspondería. La evolución había eliminado lo superfluo.

Esto hace que nos preguntemos cuál es el mínimo necesario de datos para generar un microbio, una planta o un humano. ¿Hasta dónde se puede reducir la información que realmente se necesita para definir nuestra complejidad? Seguramente mucho más de lo que le gustaría a nuestro ego. Nos creemos que somos especiales porque hemos alcanzado un nivel superior de pensamiento, pero al fin y al cabo, construir un humano no requiere nada del otro mundo.

[Publicado en El Periódico, 15/07/17. Versió en català.]

lunes, 26 de junio de 2017

El cielo azul fuera de la caja

Desde fuera, la ciencia puede parecer un bloque homogéneo que aglutina todo el saber que vamos adquiriendo sobre nosotros y nuestro entorno. Tal fue así en los inicios pero, hoy en día, si nos acercamos un poco, veremos que está hecha de un montón de pequeños compartimentos terriblemente especializados. La cantidad de datos que hay que dominar para poder contribuir de una manera significativa a uno de estos campos es ingente y, además, no para de aumentar. Este es el motivo principal por el que los científicos hemos acabado haciéndonos expertos solo en una pequeña parcela, y demasiado a menudo no sabemos muy bien qué pasa en las otras, ni siquiera en las que tenemos más cerca.

Somos conscientes de que esto es un problema que dificulta el progreso. La prueba es que los descubrimientos importantes actualmente los suelen hacer equipos multidisciplinares capaces de integrar habilidades que provienen de campos diversos. Pero no siempre es fácil encontrar la forma de derribar los muros que nosotros mismos hemos tenido que construir para poder procesar mejor el conocimiento que estamos acumulando.

La semana pasada me invitaron al simposio que el Instituto de Bioingeniería de Catalunya, el IBEC, organizaba para celebrar su décimo aniversario. El IBEC es un centro de investigación que, a pesar de su corta vida, ha conseguido aglutinar una masa crítica de talento, mucho de él tan joven y visionario como la misma institución, que genera de forma consistente una producción competitiva a nivel internacional, en áreas tan innovadoras como la nanomedicina. Es un ejemplo a seguir y se debe felicitar a los directores que ha tenido, primero Josep Anton Planell y ahora Josep Samitier, por la buena labor que han hecho.

Una de las conferencias del simposio la dio Thomas Skalak, director de la fundación que Paul Allen montó para promover la investigación. Los estadounidenses nos llevan ventaja en varios temas, no nos debe dar vergüenza admitirlo. Uno de ellos es la ciencia, que está mucho más integrada en el tejido social que en el sur de Europa. La prueba es que las grandes fortunas de Estados Unidos, como el mismo Paul Allen o su compañero en Microsoft, Bill Gates, entienden que la manera más productiva de crear un impacto duradero es invertir una buena cantidad de capital en apoyar la investigación. Algo parecido ocurre en el Reino Unido, donde hay una serie de 'charities' (oenegés) que prácticamente duplican presupuesto estatal.

En cambio, en España, que puede estar orgullosa de ser el país natal del hombre más rico del mundo (actualmente ocupa 'solo' el segundo lugar de la lista), el apoyo privado al sector científico es más bien escaso. Hay algo en la cultura anglosajona que les permite entender la importancia social y económica de la ciencia, mientras que gran parte del Mediterráneo todavía está cómodamente instalado en el "que inventen ellos". Quizá a fuerza de insistir acabaremos rompiendo el círculo vicioso y concienciando un poco las nuevas generaciones.

Otra cosa que hacen bien los americanos es mirar dónde están las fronteras y buscar la mejor manera de cruzarlas. Skalak explicaba que una de las prioridades de su fundación es incentivar el 'blue sky research'. La traducción literal sería la "búsqueda de los cielos azules", y significa apoyar ideas que pueden parecer locas porque se salen de las líneas de pensamiento ortodoxas y aceptadas. También llaman 'thinking outside the box', pensar fuera de la caja. Aunque este enfoque muchas veces no acaba dando ningún fruto útil, un buen número de los grandes avances de la historia se han hecho de esta manera. Es encomiable, pues, que haya personas que quieran jugarsela con inversiones de alto riesgo para cubrir el espacio donde el dinero público no suele llegar.

Pasarme dos días escuchando a los físicos, químicos e ingenieros del IBEC hablando de las nuevas herramientas que están construyendo para la biomedicina me supuso un montón de ideas frescas en la cabeza y me obligó a salir un rato de mi caja para entender cómo trabajan otras disciplinas científicas que persiguen los mismos objetivos.

Es un ejercicio que todos deberíamos hacer de vez en cuando, sea cual sea nuestro trabajo. Fijarse en el cielo azul puede que no te lleve a ninguna parte, pero a veces te puede ayudar a descubrir un universo nuevo. Hasta que no lo pruebes, no lo sabrás. Al fin y al cabo, la humanidad ha llegado hasta donde estamos ahora precisamente porque no nos ha dado miedo lanzarnos de cabeza a lo desconocido. Necesitamos más gente que quiera seguir esta tradición y, sobre todo, que unos cuantos privilegiados tengan la inteligencia de financiar la aventura.

[Publicado en El Periódico, 17/6/17. Versiò en català]

martes, 6 de junio de 2017

9 años


Hoy este blog cumple 9 años. Muchas gracias a todos!

martes, 30 de mayo de 2017

Sangre joven

Erzsébet Báthory, una condesa húngara que nació a finales del siglo XVI, ha pasado a la historia como la asesina en serie más prolífica de la que se tiene constancia. Aunque no se sabe con exactitud el número de sus víctimas, se calcula que podrían haber sido unos cuantos centenares, todas chicas jóvenes. Esta es la parte que se cree cierta; a partir de aquí han nacido las leyendas. Una de las más difundidas es que Báthory mataba doncellas para poderse bañar en su sangre, porque creía que evitaría que envejeciera. Se dice que esta historia, mezclada con la figura de otro noble sanguinario de la zona, el rumano Vlad Tepes, es lo que inspiró a Bram Stoker su personaje más célebre, Drácula.

Cuatrocientos años después de la muerte de la condesa asesina, estamos viendo que quizá no iba tan desencaminada. Descubrimientos recientes indican que, en las primeras décadas de la vida, en la sangre habría uno o más factores que podrían contribuir a mantener los órganos en buen estado, y que esto podría tener efectos rejuvenecedores en los tejidos de las personas de edad avanzada. El experimento que dio la primera pista es de hace poco más de una década. Unos científicos de la Universidad de Stanford unieron los sistemas circulatorios de un ratón viejo y uno joven, para que las sangres mezcladas fluyeran por los dos cuerpos. Esta es una técnica clásica, usada por los fisiólogos desde hace tiempo, que se llama parabiosis. Lo que demostró es que la sangre del ratón joven hacía que los huesos del viejo aumentaran de densidad, como si estuvieran yendo atrás en el tiempo. Más tarde se vio que también mejoraba la capacidad de reparar heridas y que aumentaba las conexiones entre neuronas en el cerebro.

Desde entonces se ha estado buscando cuál es el componente rejuvenecedor que hay en la sangre. Una hipótesis señala a la proteína GDF11, que reactiva las células madre, pero no hay unanimidad. El mes pasado se hizo un nuevo experimento, esta vez inyectando plasma de cordón umbilical humano a ratones viejos. El resultado es que mejoraba significativamente la memoria de los animales. En este caso, se cree que la proteína responsable del efecto es la TIMP2. Hace unos días estaba en un tribunal de tesis en la que el candidato hablaba de la implicación del sistema inmunitario en el envejecimiento. Los datos sugerían que, con la edad, los glóbulos blancos pierden la capacidad de limpiar los tejidos, concretamente de eliminar las células envejecidas que se acumulan y entorpecen su buen funcionamiento. Si esto es correcto, no solo las proteínas de la sangre joven podrían frenar el paso del tiempo, sino también alguna de las células que circulan.

Aunque es más revolucionaria la idea que propusieron a principios de abril científicos del Max Planck Institute. Pusieron peces viejos, de los que se había eliminado todas las bacterias que tienen en el tubo digestivo, en contacto con excrementos de peces jóvenes. Cuando los viejos asimilaron la flora intestinal que había en los desechos, pasaron a ser más activos y a vivir un 37% más. Este trasplante de microbioma, por llamarlo técnicamente, demuestra que la composición de las bacterias del intestino tiene un efecto sustancial sobre la longevidad, al menos en algunos animales. La razón es aún desconocida y no se sabe si en humanos funcionará de la misma manera.

Estos datos tienen un gran impacto potencial. Si se confirman, querría decir que podríamos usar inyecciones de plasma y pastillas de excrementos (o, aún más práctico, un cóctel de proteínas, células y bacterias) para frenar el envejecimiento y la degeneración asociada, por ejemplo en enfermos de alzhéimer. Y si no funcionara nada de esto, hay otras opciones. En mi laboratorio, por ejemplo, investigamos cómo eliminar células viejas con nanopartículas o si bloquear una proteína ralentiza los síntomas de la edad.

Otros científicos están estudiando compuestos diferentes. Sea como sea, la primera 'píldora de la longevidad' no está muy lejos. Es posible que nuestros hijos ya la puedan tomar. Esto significa que deberíamos comenzar a discutir las implicaciones sociales. ¿Qué pasará si cada vez más gente llega a los 100 años? ¿Lo resistirá el planeta? ¿Cuánto tendremos que extender la edad de jubilación si seguimos fuertes y activos más tiempo? ¿Cómo afectará al mercado laboral para los jóvenes? La ciencia avanza muy rápido y debemos esforzarnos en seguir su ritmo para prevenir los efectos negativos que puede tener.

[Publicado en El Periódico, 20/5/17. Versió en català.]

martes, 2 de mayo de 2017

Un día de ciencias y de letras

Como este domingo es Sant Jordi, estos días me han invitado a dar charlas en escuelas e institutos. En algunos me han pedido que fuera como escritor, y en otros como científico, pero en todos he tratado de defender que la diferencia entre letras y ciencias no lleva a ninguna parte. Son dos caras de una moneda, igual de esenciales a la hora de aprender cómo funciona el mundo. Es absurdo que se nos aísle tan pronto de una de las dos disciplinas y hay que luchar por corregir estas carencias que tiene el sistema educativo. Lo he mencionado otras veces, así que no me extenderé más sobre este tema. Lo que sí haré es aprovechar para repasar ejemplos de científicos que escriben, personas que no se han creído la impermeabilidad entre letras y ciencias, y que han publicado novedades interesantes. Que sirva de paso como sugerencia para los que aún no tienen claro qué libro deben regalar o para quienes buscan algo más que los autores que coparán el top ten.

Siddhartha Mukherjee, autor de un libro sobre el cáncer que se convirtió en un éxito, vuelve ahora con 'El gen, una historia íntima', un volumen exhaustivo que acerca el fabuloso mundo de la genética a todos los lectores. Mukherjee ha conseguido crear una hábil mezcla de autobiografía, divulgación y libro histórico, que funciona muy bien a la hora de repasar algunos de los descubrimientos más importantes del último siglo. La genética es lo que define a todos los seres vivos y, por tanto, es esencial que entendamos cómo funciona. Este libro es un cursillo acelerado que nos pone al día de manera entretenida y accesible.

Manel Esteller, uno de los líderes mundiales de la investigación epignética, es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas de forma clara y directa Pero hay vida más allá de la genética, y eso es lo que nos explica Manel Esteller, uno de los líderes mundiales en la investigación epigenética, en 'No soy mi ADN. El origen de las enfermedades y cómo prevenirlas'. Los lectores de esta sección ya saben que el doctor Esteller es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas complejas de forma clara y directa. En su nuevo libro utiliza casos reales para explicarnos con un lenguaje fácil de entender cómo la epigenética influye en nuestra salud y qué podemos hacer para minimizar el riesgo a enfermar. Muy recomendable.

David Bueno, otro reconocido científico-divulgador, acaba de publicar 'Neurociència per educadors', un ensayo que contiene «todo lo que siempre han querido saber del cerebro de sus alumnos y nunca nadie se ha atrevido a explicar de manera comprensible y útil». A pesar del título, es un libro útil no solo para los que se dedican a la enseñanza, sino para todos los que quieran conocer un poco mejor cómo funciona el cerebro humano, todavía hoy uno de los misterios más grandes que podemos encontrar en este planeta.

En países como Gran Bretaña se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público y un libro de divulgación es habitual que sea un 'best-seller' 'Pa ciència, la nostra' es el nombre de guerra de Màrius Belles y Daniel Arbós, un dúo de científicos que hace divulgación con mucho humor. Pueden escucharlos en la radio, y también han editado un libro con el mismo nombre, subtitulado 'Curiositats científiques del dia a dia'. Es especialmente indicado para quienes creen que la ciencia es algo pesada y aburrida. Aparte de provocar sonrisas, sirve para darnos cuenta de que, aunque queramos ignorarla, la ciencia está en todas partes.

Hace unas semanas, antes de la llegada masiva de novedades de Sant Jordi, a las listas de los más vendidos se asomaron varios libros científicos, hecho bastante inusual. Entre ellos estaba el de David Bueno, y también 'Cuántica' escrito por José Ignacio Latorre, profesor de física teórica de la Universitat de Barcelona. Que un ensayo sobre un tema tan difícil como la física cuántica haya tenido buena aceptación demuestra dos cosas importantes. Por un lado, que hay interés en saber más sobre la ciencia. Y por el otro, que tenemos gente capaz de explicar las ideas más avanzadas de forma que cualquiera pueda captarlas sin conocimientos previos.

En ciertos países es habitual que, de vez en cuando, un libro de divulgación se convierta en un superventas. Son lugares donde se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público. En el Reino Unido, por ejemplo, tienen figuras mediáticas como Brian Cox o David Attenborough, científicos capaces de ofrecer conferencias multitudinarias, vender cientos de miles de libros o dominar el prime time televisivo con sus documentales. En nuestro país aún queda un poco para llegar a este punto, pero si nos esforzáramos todos algo estoy seguro de que lo conseguiríamos. Para empezar, ¿por qué no regalan mañana un poco de ciencia?

[Publicado en El Periódico, 22/4/17. Versión original en catalan.]

lunes, 3 de abril de 2017

El verdadero peligro es la mentira

Internet figura prácticamente en todas las listas de grandes inventos de la humanidad, junto con la rueda, la electricidad o los antibióticos. Algunos incluso lo consideran el avance más decisivo de la historia por cómo está cambiando las sociedades. No hay que decir que tiene virtudes inmensas, pero también se ha tener presente que parte de su gran impacto se debe a las cosas negativas que arrastra. Una de las principales es que está redefiniendo la manera que tenemos de entender y recordar los hechos.

Se ha dicho que internet se está convirtiendo en una nueva forma de memoria, colectiva en lugar de individual, y no necesariamente fiel a los hechos. Los usuarios compartimos nuestras experiencias, que se convierten rápidamente en permanentes y comunitarias gracias a las redes sociales. El problema es que no hay ningún filtro que separe la realidad de la ficción. Así, el buen trabajo de internet a la hora de facilitar la difusión de datos se pierde por culpa de la gran capacidad de generar desinformación que ello conlleva.

Internet ya es una forma de memoria colectiva, y no necesariamente fiel a los hechos
Este es el gran peligro del siglo XXI. Cualquier cima que hayamos conquistado se puede derribar rápidamente bajo el peso de falsedades magnificadas. El tema de las vacunas es el mejor ejemplo de cómo promover la ignorancia y obviar la realidad puede costar vidas. Pero sin tener que ir a estos extremos, hemos visto a un eurodiputado polaco que nos quería convencer de la inferioridad biológica de las mujeres o una publicidad móvil que pretendía negar la existencia de ciertas variantes de la sexualidad humana. Estas campañas discriminatorias usan datos falsos para recubrirse de una pátina de credibilidad que, una vez en la memoria colectiva de internet, son difíciles de eliminar. Cinco minutos consultando las fuentes adecuadas desmontarían todas las falacias pero, por desgracia, una gran parte de la población no parece capacitada para hacer este pequeño esfuerzo.

Los científicos estamos acostumbrados a tener que demostrar todo lo que decimos. Escribir un artículo explicando nuestros descubrimientos, la principal forma de comunicación científica, es un ejercicio de humildad que debería enseñarse en las escuelas. Cada frase tiene que estar apoyada por algún dato, ya sea publicado por otros grupos u obtenido por nosotros, y tenemos que poner referencias a trabajos anteriores (no vale recurrir al «dicen que...») o presentar nuevos resultados. Si alguna conclusión no está cimentada en un dato bastante sólido, un tribunal de expertos nos pedirá que la cambiemos o borremos. Solo en la parte final del artículo, la discusión, se nos permite proponer hipótesis que incluyan algo de especulación, pero a pesar de ello se espera que la lógica y la contención sigan imperando. Pese a que en la ciencia también hay engaños, estas normas hacen que estén más controlados y se acaben descubriendo.

En la vida real estas medidas de seguridad no existen. Antes de internet, el daño que podían hacer los mentirosos estaba limitado a su entorno inmediato. Ahora su alcance es global. La demostración de que la falsedad gana la partida es que se ha elegido a un mentiroso compulsivo para la posición política de más poder en el mundo. Trump nos recuerda constantemente que la desinformación lleva a la victoria, un incentivo que puede abocarnos al oscurantismo más absoluto.

Nos cuesta aceptar que el mundo saldría ganando si adaptásemoslos principios básicos de la ciencia a nuestra actividad social. Los cortos de miras lo ven como un signo de prepotencia o de querer convertir la ciencia en una nueva religión. Es mucho más sencillo: regirse por el sentido común y seguir un método que a lo largo de los siglos se ha comprobado que funciona. La prueba son los conocimientos que nos ha proporcionado la ciencia, incluso los que, si no se usan con cuidado, podrían acabar con la civilización, como la energía atómica o el propio internet.

Instalar estos principios durante la educación primaria quizá reduciría la credulidad humana a unos niveles menos peligrosos que los que vemos actualmente y frenaría el auge de personajes tóxicos como Trump y otros populistas que basan su capacidad de atracción en hechos alternativos, 'posverdades' o, como siempre se han llamado, mentiras. Que ahora dispongan de un poderoso altavoz para amplificar sus patrañas requiere que contrataquemos con armas igual de poderosas, y nada nos puede proporcionar una protección mejor que abrazar el razonamiento científico en todos los ámbitos de la vida.

[Publicado en El Periódico, 25/3/17. Versió en català.]

martes, 7 de marzo de 2017

De beneficios y responsabilidades

El mes pasado se anunció una iniciativa para desarrollar vacunas contra algunas de las infecciones peligrosas que aún no lo tienen (como el SARS, el Zika o el Ébola) y después acumular suficientes dosis para hacer frente a un brote y evitar que se convierta en una epidemia. Ha comenzado con un presupuesto de 500 millones de dólares, que se espera doblar, proporcionado por gobiernos y fundaciones.

La idea es tan buena como necesaria, pero el tema de las vacunas, un fármaco que se da a personas sanas, siempre despierta recelos. La prueba es que algunos comentarios a esta noticia ponen el grito en el cielo porque creen que es una estratagema de las multinacionales para poder vender de golpe miles de dosis de sus productos. Este tipo de posturas demuestra una visión simplista de cómo funciona la sanidad pero también refleja uno de los problemas de tener que depender de las farmacéuticas para la producción de medicinas: cómo regular su retribución.

La semana pasada se resolvió una agria disputa que mantenían el MIT y la Universidad de Harvard, por un lado, y la Universidad de California por el otra, relacionada con la propiedad intelectual del CRISPR / CAS9, el revolucionario sistema de edición genética que ya ha cambiado la forma de hacer investigación y que no debería tardar mucho en entrar en los hospitales. El resultado es que Harvard puede mantener las patentes que California, la sede de los primeros descubridores, quería declarar nulas.

Los detalles legales del caso son complejos y debemos asumir que la decisión debe ser la más justa de acuerdo con la normativa vigente, pero lo que esto significa, en la práctica, es que todo el que quiera usar el CRISPR / CAS9 médicamente deberá pagar dos veces, una a los que desarrollaron el sistema genérico (en California) y la otra a los que protegieron su uso en células humanas (en Harvard). El resultado es que el producto se encarecerá y el usuario asumirá el coste. Y todo por un tecnicismo. Esto puede ser tolerable cuando hablamos de artículos de lujo, pero no cuando lo que está en juego es la salud.

Las patentes son importantes para incentivar la investigación y el desarrollo, y también para premiar el valor de las ideas. Son necesarias para proteger una inversión arriesgada, pero no deben servir de excusa para el enriquecimiento excesivo de unos pocos en detrimento de la calidad de vida de muchos.

El ejemplo más extremo es el precio desorbitadamente alto de muchos tratamientos para el cáncer, al menos en los primeros años, varios órdenes de magnitud sobre el coste real. Aunque es comprensible que una empresa farmacéutica quiera rentabilizar cuanto antes los fondos invertidos en el desarrollo de un producto (que suele superar fácilmente los mil millones de dólares, no lo olvidemos), la ética tiene unos límites que no deberían cruzar nunca.

Es importante entender qué papel juegan y deben jugar las iniciativas privadas en el tejido social para poder recompensarles y controlarlas de la manera adecuada. Y no solo en el campo médico. Es infantil echarle la culpa de todos los males a los bancos, sin los cuales no podría existir el sistema económico que es la base de las sociedades democráticas, pero es irresponsable darles a cambio un cheque en blanco, porque han demostrado más de una vez que abusan.

El desastroso rescate derivado de la última crisis, que ha vaciado las arcas públicas cuando más las necesitamos mientras algunos aseguraban jubilaciones holgadas, no se debería repetir más. Igualmente, las farmacéuticas son parte indispensable del mundo sanitario, pero se les debe hacer encontrar cómo equilibrar objetivos financieros con la responsabilidad que tienen por el hecho de que la salud de su negocio dependa de la salud los demás.

Evitemos caer en maniqueísmos innecesarios, pero también en una complacencia peligrosa. El sistema funciona si se vigila bien. Que una compañía farmacéutica se haga de oro con la venta de unas vacunas no significa necesariamente que nos time. La medicina avanza porque los estados y las empresas invierten, unos a fondo perdido, los otros buscando beneficios.

Los gobiernos no pueden desatender los presupuestos de investigación, como las farmacéuticas no pueden abusar de la situación de poder. Ambas cosas aún pasan, por desgracia, y seguirán ocurriendo. En un país con tendencia endémica a las puertas giratorias y la ignorancia científica, debemos estar alerta. Y eso es trabajo de todos.

[Publicado en El Periódico, 25/2/17. Versió en català.]

martes, 7 de febrero de 2017

El gobierno de la ignorancia

La semana pasada el mundo fue testigo, con cierta perplejidad, de la llegada al poder de Donald Trump, el 45º presidente de EEUU. Digo perplejidad porque poca gente creía que un ególatra machista, racista, arrogante, ignorante, mentiroso, grosero, maleducado y sin ningún tipo de preparación política (todo esto son hechos contrastables, no opiniones mías) consiguiera el apoyo necesario para liderar el país más poderoso del planeta. Pero la democracia, por diseño, no tiene ninguna protección contra este tipo de giros inesperados del guion. Como lo que se vota es sobre todo la fachada del candidato, no su currículum, en momentos especiales como los que estamos viviendo ahora no es de extrañar que los despachos se llenen de personajes curiosos con la intención de sacudir el sistema desde dentro.

Esto es lo que esperan que hagan quienes los han elegido, por supuesto, pero también algunos de los que más se oponen. Por ejemplo, ciertos pensadores progresistas opinaban estos días que tener a Trump mandando puede ser un revulsivo para, gracias al efecto rebote, sacar lo mejor de cada persona. De momento lo que ha conseguido es llenar las calles estadounidenses de pancartas que proclaman: «Este no es mi presidente». Si nos paramos a pensar, es un eslogan muy antidemocrático, ya que no cuestiona la validez de la persona sino del procedimiento para elegirla. Si esto es una muestra de lo que con Trump puede aflorar, no hay muchos motivos para ser optimista.

Pero no es necesario que nos entretengamos a predecir si su mandato será tan nefasto como su personalidad anticipa porque ya nos ha dado los primeros avisos. Dan especialmente miedo todas las políticas que tienen que ver con la ciencia. Por ejemplo, Trump se ha apresurado a demostrar su incompetencia resucitando un mito que los datos objetivos habían enterrado hacía años: que las vacunas pueden causar autismo. Solo hay que informarse un poco para descubrir que esta falsedad y el estafador que la promovió han sido ampliamente desacreditados.

Algo parecido ocurre con el cambio climático, que ya no se discute si es real o no, sino solo cuál es su origen. Aunque en este caso el debate aún está vivo, la gran mayoría de expertos coincide en señalar la actividad humana como responsable, lo que significa que podemos hacer algo para evitar que empeore. Pero Trump prefiere hacer pasar los intereses económicos por delante del razonamiento científico y desmontar todo lo que hemos logrado últimamente. El problema es que se necesitarán décadas para revertir el desastre que pueden causar estas directrices durante los próximos cuatro años.

Dan miedo especialmente todas las políticas de Trump que tienen que ver con la ciencia
La ciencia es una de esas áreas, como la sanidad, la educación y la cultura, que debería funcionar al margen de la política. Las decisiones no las debería tomar un partido, sino una comisión independiente donde unos expertos representaran todos los puntos de vista de manera argumentada y abierta a los cambios. Es lo que los americanos llaman ser bipartisan, una palabra que resume muy bien el acuerdo entre dos facciones opuestas. Las decisiones en estos temas deberían ser consensuadas y de larga duración, para evitar hacer y deshacer estrategias tan vitales en cada cambio de ciclo político. Es la mejor manera de avanzar en línea recta y no en zigzag.

Un ejemplo de ello es el fracaso del 'Obamacare', una reforma sanitaria más bien intencionada que implementada. Su desmantelamiento no será culpa de Trump, sino de que no se desarrolló con la colaboración de los republicanos. No se pueden hacer políticas tan integrales de espaldas a la mitad del país. Por desgracia parece que el plan es seguir con esta tónica, pero ahora hacia el otro lado. Y mientras, las víctimas colaterales de estas decisiones alimentadas por el partidismo irán aumentando.

La frase que resume mejor la estupidez de los tiempos que corren la pronunció este verano Michael Gove, que entonces era ministro de Justicia británico, cuando en plena campaña por el 'brexit' afirmó que la gente estaba harta de los expertos. Es una línea de razonamiento peligrosamente parecido al «¡Muera la inteligencia!», el famoso exabrupto que Millán-Astray dedicó a Unamuno en octubre de 1936. Y ya sabemos cómo acabó todo aquello. Tal como están yendo las cosas, cuesta pensar que los humanos seamos organismos capaces de aprender de nuestros errores. Este año, Europa tendrá varias oportunidades de demostrarlo en las urnas y derrotar al gobierno de la ignorancia. Esperamos que no nos falle el pulso.

[Publicado en El Periódico, 28 de enero de 2017. Versió en català.]

lunes, 9 de enero de 2017

Una sociedad "low cost"

“Estamos sufriendo las consecuencias de una economía 'low cost'", me decía un amigo el otro día. "La crisis ha reducido los presupuestos y esperamos conseguir los mismos resultados que antes pero pagando mucho menos". Por desgracia, estos principios se han generalizado. Muchos profesionales no tienen más opción que aceptar el chantaje, mientras que otros intentan buscar alternativas dignas. Sea como sea, la estrategia tiene una víctima: la calidad.

En prensa este impacto es evidente. Otro amigo mío, periodista cultural con más de 20 años en el oficio, ha decidido dejar todas las colaboraciones que hacía porque con lo que le pagaban ya no se sacaba ni un sueldo de mileurista. Las horas que tenía que dedicar para entregar un trabajo con cara y ojos no compensaba los exiguos cheques que recibía a final de mes. Mientras él se dedica a otras cosas, su lugar en los medios la acabarán ocupando personas con menos experiencia o que completan el trabajo invirtiendo menos esfuerzo. Cualquier consumidor atento notará la diferencia.

Junto con la cultura, un ámbito del periodismo que está sufriendo los estragos del modelo 'low cost' es el de la ciencia, y es peligroso. Hemos visto un par de ejemplos últimamente. El primero es el caso de Nadia, la niña con tricodistrofia a la que sus padres utilizaron durante años para engañar a la gente y recaudar fondos para un tratamiento milagroso que, obviamente, no existía. Varios medios contribuyeron inocentemente al engaño sin pararse a pensar que la mayor parte de lo que decían no tenía ningún sentido desde un punto de vista médico.

Cualquiera con conocimientos científicos medios lo hubiera detectado. Lo más triste es que el último diario que cometió el error de amplificar la estafa y que precipitó el descubrimiento de las patrañas, hace pocos años tenía una de las mejores secciones de ciencia de la prensa ibérica. Parece que los recortes le han dejado sin nadie que pueda evitar desastres de este tipo. No es solo un problema de honor: ahora pagarán justos por pecadores porque nos lo pensaremos dos veces antes de dar dinero para ayudar a una persona enferma. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa, las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir.

El segundo caso quizá no es tan evidente. Hace unas semanas algunos medios anunciaban que comer grasas favorecía las metástasis. Esto se basaba en un trabajo espectacular de un grupo del Institut de Recerca Biomèdica de Barcelona, dirigido por Salvador Aznar Benitah, que presentaba una forma de reconocer las células responsables de las metástasis gracias a una proteína que tienen en la membrana, que permite a la célula captar la grasa que hay en la sangre. Lo más importante es que esto proporciona por primera vez una posible diana para diseñar fármacos contra las metástasis, las principales responsables de la muerte a causa del cáncer. El impacto que podría representar para los tratamientos del futuro sería fenomenal. Pero, en lugar de ello, la mayoría de titulares destacaban un posible efecto de la dieta en el pronóstico de los cánceres, que no era lo que decía el artículo original.

El estudio usaba unos ratones transgénicos con tumores orales sometidos a unas dietas y unas condiciones que no son directamente extrapolables a los humanos, por lo tanto, aún es prematuro hablar de los efectos que comer menos grasas tendría en los enfermos. El artículo lo deja claro, pero las noticias se saltaban estas precauciones. Lo más probable es que no tardemos en ver recomendaciones que exhortarán a los que sufren un cáncer a desterrar las grasas, cuando aún no tenemos datos suficientes para concluirlo, y quién sabe si podría ser contraproducente.

Es cierto que los jefes de prensa de las instituciones de investigación embellecen los resultados para hacerlos más atractivos para los medios, pero nadie debería publicar una nota sin invertir unos minutos en ir a la revista que contiene el trabajo que se quiere dar a conocer y comprobar sus conclusiones. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa en el campo, pero estas son precisamente las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir. Al final, la información que difundimos sale distorsionada.

Los anglosajones resumen esta situación con la frase 'you get what you pay for': si pagas una miseria, obtendrás una miseria. De cara al nuevo año deberíamos proponer romper este bucle para dejar de ser una sociedad 'low cost'. Si no, el futuro que nos espera será bastante pobre.

Publicado en El Periódico, 31-12-16. Versió en català