martes, 30 de enero de 2018

Protejamos a los niños

Acabamos de pasar las fiestas de Navidad, que es una época especialmente bonita del calendario. No solo porque es una excusa para reencontrarse con la familia y ser generosos unos con otros, si no porque son los días en los que todo gira en torno a los niños. A pesar de que las criaturas ya son normalmente el centro de atención, durante la Navidad su ilusión toma un protagonismo especial. La alimentamos con leyendas de troncos mágicos, reyes viajeros o señores barbudos que reparten regalos para contagiarnos de su inocencia, y con este tipo de ritual purificador empezamos el año con la fe renovada en la Humanidad.

Los niños son un tesoro frágil. Son nuestro futuro, pero mientras desarrollan las herramientas para sobrevivir los peligros del presente, son vulnerables. Por eso todos los animales hemos construido estrategias para protegerlos. Los humanos incluso tenemos leyes para evitar que sean explotados laboralmente y garantizar su educación. Quizá el avance más efectivo han sido los calendarios de vacunación y los antibióticos, que lograron reducir espectacularmente la mortalidad infantil, uno de los grandes problemas que ha tenido nuestra especie desde los inicios.

Pero no se trata solo de evitar que sufran daños físicos o de prepararlos para el mundo de los adultos. La mente de los chicos es una esponja capaz de absorber todo lo que le pones delante y modificarse en consecuencia. Esta gran capacidad plástica es la que nos hace especiales y nos permite llegar cada vez más lejos pero, a la vez, nos hace susceptibles a una serie de factores que se escapan de nuestro control. Eludir los impactos que, a largo plazo, dificultarán que una persona lleve una vida adulta satisfactoria e integrada en la sociedad no es una tarea sencilla.

Sabemos que el estrés elevado durante la infancia tiene un impacto duradero. Por ejemplo, la pobreza severa o las situaciones de guerra suelen derivar en una serie de trastornos de comportamiento cuando los niños crecen: los que han sobrevivido a estos traumas tienen un riesgo más elevado de caer en el abuso de drogas, conductas delictivas o embarazos adolescentes. En un estudio aparecido recientemente en la revista 'PNAS', unos investigadores han estudiado los cerebros de adultos que han pasado infancias difíciles y han visto diferencias en las zonas del cerebro que se activan cuando participan en tests psicológicos.

Así han descubierto que existe una correlación entre un mayor nivel de estrés infantil y los comportamientos de riesgo. Los afectados también tardan más en tomar decisiones que, al final, son peores que las del grupo que han tenido infancias felices (como apostar mucho en pruebas donde tienen pocas posibilidades de ganar). Esto se correlaciona con una menor activación de áreas claves del cerebro. Estas personas no cambian el comportamiento poco reflexivo aunque experimenten pérdidas repetidamente, lo que indica una cronificación del problema. El daño puede ser irreparable y el coste social de no haberlos protegido lo suficiente durante los primeros años, inmenso.

También sabemos que el cerebro infantil se puede modelar incluso antes de nacer. Un artículo de la revista 'Current Biology' de diciembre demostraba que los niveles que tiene un ratón embarazado de una proteína llamada TNFα afecta el comportamiento de sus hijos una vez parece: cuanto más altos, más miedo y ansiedad tienen las crías en su vida adulta . Se sabe que la cantidad de TNFα que se fabrica depende del entorno (el estrés hace que aumente), por lo tanto esto demuestra que las experiencias de la madre durante el embarazo se pueden transferir a la siguiente generación en forma de cambios estructurales del cerebro, que determinarán algunos rasgos esenciales de la personalidad de los individuos.

Todo esto nos debería poner en alerta. A pesar del paréntesis falsamente idílico de la Navidad, no podemos ignorar que, en estos momentos, hay millones de niños en el mundo sufriendo condiciones extremas. En algunas áreas, el problema es endémico y hemos aprendido a ignorarlo. En otras, nuevas guerras crean nuevas víctimas y se añaden a la lista más países con el futuro desmenuzado. Estos niños ocupan durante un tiempo las portadas de los periódicos y nuestras protestas, pero la mayoría de veces las soluciones no llegan a tiempo.

El mundo en que vivimos tiene muchos problemas que requerirían un esfuerzo comunitario intenso y bien coordinado, pero uno de los que sería más urgente de arreglar es el de las infancias destruidas, porque sus consecuencias reverberan durante décadas, impresas en las circunvalaciones de unos cerebros que eran especialmente sensibles cuando los abandonamos a su suerte.

[Publicado en El Periódico, 20-01-18. Versió en català]

martes, 26 de diciembre de 2017

Los alienígenas entre nosotros

Estos días he estado repasando la reciente trilogía de películas de Star Trek con mi hijo y no he podido evitar envidiar a esta generación que crece entre efectos digitales que fabrican mundos y especies alienígenas de una veracidad incuestionable. Todo lo que se ha perdido del romanticismo de los decorados de cartón piedra y los extras disfrazados con trajes de goma y prótesis de porexpan se ha ganado en espectacularidad y dinamismo. Pero algo que no ha cambiado en todas las décadas que el capitán Kirk y su tripulación han estado explorando el espacio profundo es que la mayoría de extraterrestres que allí se encuentran son antropomórficos. Esto, que al principio se habría podido justificar por la falta de presupuesto y tecnología, ahora hay que verlo como la consecuencia directa de las dificultades que tiene especular sobre la vida en un formato distinto al que encontramos en la Tierra.

Las limitaciones son aún mayores si nos adentramos a nivel microscópico, porque allí desaparece la gran diversidad que hay a simple vista: todos los seres vivos que conocemos, sin excepciones, utilizan el mismo tipo de información, almacenada siempre en moléculas de ADN. No conocemos ninguna otra manera de construir vida, por lo que nos cuesta imaginar alternativas cuando concebimos habitantes de otros sistemas solares y debemos pensar cómo serían a nivel bioquímico. ¿Cómo lo habrían hecho los klingons o los romulanos? ¿Habrían evolucionado a partir de un compuesto con unas propiedades estructurales similares al ADN o habrían utilizado una premisa totalmente distinta?

El azar y una evolución de millones de años han hecho que todos los terrestres nos rijamos por un código forjado a partir de solo cuatro unidades básicas. Así como los ordenadores utilizan un alfabeto binario, formado por unos y ceros, para guardar datos los seres vivos disponemos de cuatro piezas, que tienen más flexibilidad y capacidad que el más poderoso de los discos duros disponibles. Las llamamos A, T, C y G, por las iniciales del nombre que hemos dado a las moléculas que forman el ADN. Las 64 variaciones posibles de grupos de tres de estas unidades representan unas órdenes biológicas que se traducen en 20 aminoácidos, las piezas que permiten a la célula construir millones de proteínas diferentes. Son las proteínas las que hacen todas las funciones esenciales para la vida y definen cómo será cada organismo.

¿Pero y si jugásemos a guionistas de Star Trek y nos preguntáramos qué pasaría si intentásemos saltarnos las rígidas normas combinatorias de nuestro código genético cuaternario? ¿Y si añadiéramos un par de letras? Aumentaría el grado de complejidad: las nuevas combinaciones disponibles nos permitirían usar más de 100 aminoácidos adicionales (muchos de ellos ya existen en la naturaleza) para fabricar nuevas proteínas. Así podríamos diseñar herramientas moleculares nunca vistas, que darían lugar a formas de vida que podrían ser absolutamente diferentes de las habituales. Y todo ello sin tener que salir del planeta.

Este hito ya es posible, al menos en teoría, desde finales del mes pasado. Es el tipo de descubrimientos que se echan en falta en las portadas de los diarios, no porque tengan posibilidad de curar enfermedades en breve, que a veces parece que sea lo único que nos interesa de la ciencia, sino por lo revolucionarios que son, conceptualmente hablando. Es un paso más que la edición genética, una revolución que sí ha cogido mucha popularidad, porque implicaría empezar de cero en lugar de solo cortar y pegar. Los responsables de este avance, un grupo de científicos del Scripps Research Institute, en California, han tardado 15 años en generar una bacteria que utiliza dos unidades más, totalmente nuevas, y así tiene un ADN de seis letras en lugar de cuatro. Encontraron la manera de engañar a la maquinaria celular que copia y repara el ADN y luego enseñar a la célula a leer el nuevo alfabeto para que utilizase la información para fabricar proteínas.

Esta bacteria, pues, no se parece a nada que haya existido. ¿Podemos ir más allá y crear un ser vivo utilizando un código genético completamente nuevo y una serie de aminoácidos diferente de los 20 habituales? Hay barreras técnicas que aún deberían superarse, pero no es impensable. Esto quiere decir que podríamos generar alienígenas de verdad, microbios (y, algún día, organismos complejos) que no tuvieran nada que ver con el resto de los habitantes del planeta, que no hubieran evolucionado a partir de nada conocido y que podrían seguir normas diferente de las que nos gobiernan al resto. Mejor que una película de Hollywood.

[Publicado en El Periódico, 16/12/17. Versió en català.]

lunes, 20 de noviembre de 2017

Luchar contra los prejuicios

A todos nos gusta pensar que tomamos decisiones equitativas y racionales, pero los prejuicios son una parte inextricable de nuestro comportamiento. No deben verse como un mal exclusivo de las sociedades modernas, al contrario. Es probable que surgieran como un mecanismo protector, porque nos permiten emitir juicios más rápidos que si interviene el razonamiento. Esto nos puede dar una ventaja a la hora de evitar un peligro inminente, pero el precio que pagamos es un número elevado de falsos positivos: las generalizaciones que fundamentan los prejuicios resultan equivocadas en muchos casos. Esto, que es perfectamente tolerable en un entorno en el que prima la supervivencia, como el de nuestros antepasados, resulta un inconveniente en los entramados sociales de hoy en día, donde idealmente debería prevalecer la justicia y la igualdad.

Pero no es tan sencillo luchar contra esta inercia biológica. Tres psicólogos de la Universidad de Harvard crearon en 1998 un test para medir las conexiones que hacemos de manera automática (www.implicit.harvard.edu). Se trata de clasificar rápidamente palabras de connotaciones positivas o negativas e imágenes de personas de piel clara u oscura. Haciendo esto, quedan al descubierto asociaciones inconscientes entre color de piel y bueno o malo, que el cerebro utiliza porque no requieren la participación de los centros racionales y puede ir más deprisa. El ejercicio mide cómo relacionamos sin querer conceptos malos con ciertos grupos étnicos, pero también se puede mirar por género, edad, orientación sexual o cualquier otro parámetro. Sorprendentemente, personas que consideran que no discriminan muestran un sesgo predeterminado en un 40% de los casos. Es más: cuando se repite el test, los resultados son similares. Es decir, incluso sabiendo que involuntariamente no estamos siendo del todo ecuánimes, el piloto automático continúa desequilibrando la balanza.

Una conclusión de estos trabajos sería que parte de las decisiones que tomamos en la vida están fundamentadas en presunciones erróneas, que solo evitaríamos si dedicáramos suficiente tiempo a pensar en ello. Estas preferencias escondidas, junto con otras que quizá no lo son tanto, serían clave, por ejemplo, en la frecuente discriminación laboral por motivos de género. Para evitarlo, el mundo de la música se han popularizado las audiciones a ciegas, por lo que no se sabe el sexo de quien toca el instrumento.

Un truco tan simple ha hecho que el número de mujeres que se contrata en las orquestas se haya doblado y ya se acerque a la paridad. El problema es más difícil de solucionar en situaciones de estrés, cuando tenemos que tomar una decisión en fracciones de segundo. La prueba es el elevado número de muertes de piel oscura a manos de la policía en Estados Unidos, que todavía tiende a disparar más rápido cuando ven una conducta sospechosa en una persona negra.

Todo ello demuestra que los prejuicios existen y que no sirve de nada creer que nosotros no tenemos. No nos debemos sentir avergonzados: es una respuesta natural de la mente. Lo necesario es reconocerlo y hacer todo lo posible para evitar que nos condicionen el comportamiento. Por ejemplo, desconfiando de las primeras impresiones y haciendo el esfuerzo de recoger toda la información posible antes de decidir. Es importante no quedarnos con la opción fácil, la que nos atrae de una manera más espontánea, porque al ser la que más bebe de los instintos, es más fácil que esté contaminada por un sesgo inconsciente.

Esto es especialmente crítico cuando tenemos que tomar decisiones que afectan el futuro común, como cuando se da voz al pueblo en unas elecciones. La democracia, que parte de la base de que todos estamos capacitados para hacer una elección razonada y libre, no tiene en cuenta que los defectos inherentes de la mente humana, fácilmente manipulables por los más hábiles, pueden llevarnos a opciones del todo ilógicas. Para que la democracia funcione, debemos poder superar las inercias que nuestro entorno social nos ha implantado y elegir lo que es justo.

Es falso que las cosas dependan del color del cristal a través del cual las contemplamos. La realidad es una, lo que varía es nuestra manera de interpretarla. Para poder acercanos a ella al máximo debemos esforzarnos. La realidad no se puede consumir pasivamente, como estamos acostumbrados a hacer, dejando que los líderes nos impongan su versión. La próxima vez que haya votaciones, todo el mundo debería plantearse si el desprecio por unas ideas o unas personas es merecido o nos estamos dejando llevar por prejuicios ocultos, si un anhelo es realmente absurdo o si estamos permitiendo que los instintos hablen por nosotros.

[Publicado en El Periódico, 11/11/17. Versió en català.]

lunes, 23 de octubre de 2017

Violencia

La violencia es prevalente en la naturaleza. Muchos animales la utilizan para alimentarse, aparearse o mantener las estructuras sociales propias de su especie. La violencia es también uno de los engranajes de la selección natural, y así ha contribuido a la evolución de organismos físicamente más resistentes. Desde el punto de vista biológico tiene una utilidad innegable, por eso los humanos la hemos practicado desde los inicios. Pero con el paso de los milenios hemos desarrollado un nivel de complejidad en el que es necesario que el individuo tenga unos derechos básicos por encima del bien de la comunidad. En este contexto, la violencia contra un miembro de la misma especie puede llegar a ser contraproducente e ir en detrimento del progreso, por eso hemos inventado maneras de regularla.

Podríamos pensar entonces que el hombre no es violento por defecto. Este es un tema que siempre ha preocupado a los filósofos. Recordemos que Hobbes creía que nacemos con el impulso de la violencia ya implantado, mientras que Rousseau daba la culpa al entorno, que nos obliga a escoger un camino u otro. La ciencia moderna puede ofrecer respuestas y ayudar a resolver estas dudas. Por ejemplo, un estudio del año pasado calculaba que, cuando aparecieron los primeros mamíferos, el 0,3% de las muertes eran debidas a violencia entre congéneres. A medida que los animales evolucionaban, la cifra aumentaba, y cuando surgieron los primates ya superaba el 2%. Entre ellos, los humanos éramos los peores, con unos porcentajes de muertes violentas hace 200.000 años seis veces más altos que la media de todos los mamíferos. Gracias a los análisis sabemos que estos comportamientos deben estar determinados genéticamente, ya que especies evolutivamente próximas presentan cifras similares. Parecería, pues, que la intuición de Hobbes era correcta.

Pero si continuamos investigando la historia veremos que al final las cosas cambian. Aunque hace entre 500 y 3.000 años conseguíamos cifras récord de 15-30% de muertes causadas por nosotros mismos, un siglo atrás ya habían bajado en picado y llegaban a los niveles actuales, cercanos al 0,01%. Son unas 200 veces menos de lo que nos tocaría, biológicamente hablando. Esto querría decir que, aunque la naturaleza nos hubiera hecho intrínsecamente violentos, seríamos capaces de modificar significativamente nuestras tendencias innatas. ¿Cómo lo habríamos conseguido?

Hoy el miedo a recibir el castigo legal es suficiente para evitar que queramos usar la violencia
La violencia se puede modular de muchas maneras. Hay teorías que dicen que la dieta puede tener un efecto: comer mejor frenaría las respuestas agresivas. De hecho, un estudio en las cárceles británicas concluyó hace 15 años que los suplementos dietéticos reducían un 35% los incidentes entre los reos. Las temperaturas también tienen un impacto. Se ha visto que los crímenes aumentan cuando hace más calor y que cualquier desviación sustancial de los patrones habituales de una zona induce a la violencia. Se cree que el hecho de que las condiciones climáticas extremas sean más frecuentes gracias al calentamiento global podría haber incrementado un 16% los conflictos en algunas áreas. A nivel molecular, la testosterona se ha relacionado con la violencia, pero aunque es cierto que la hormona masculina fomenta la agresión en respuesta a provocaciones, también es responsable de la generosidad en otras circunstancias, así que el vínculo no es tan directo. También se ha visto que bloquear la serotonina aumenta los ataques entre ratones machos, lo que hace pensar en elevar los niveles para tratar a los individuos más peligrosos.

Pero la victoria sobre la violencia no ha venido por ninguno de estos lados. Nuestro éxito principal es haber transferido el poder al grupo: la violencia ha dejado de ser un derecho personal para convertirse en un monopolio de los estados. Una cesión tan simple la ha convertido en prescindible. Ahora solo hay que aplicarla en ocasiones puntuales, porque, en el resto, el miedo a recibir el castigo legal es suficiente para evitar que la queramos usar. La violencia, que liberalizada era una amenaza para los niveles extremadamente regulados de orden que requieren las comunidades modernas, se ha convertido en uno de los fundamentos de la paz social una vez contenida.

Por eso los que la controlan tienen una gran responsabilidad. Solo la pueden utilizar contra la población cuando está justificado, y nunca para resolver conflictos de naturaleza pacífica. Un Estado que legitima la fuerza innecesaria como herramienta resolutiva o no la corta de raíz cuando surge espontáneamente está franquiciándola de nuevo a los particulares, que se sienten empoderados para aplicarla a su gusto. Este es el camino más rápido para volver a la edad media.

[Publicado en El Periódico, 14-10-17. Versió en català.]

lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Aún evolucionamos los humanos?

Un efecto inesperado de esta década convulsa que estamos viviendo ha sido la recuperación de imágenes que deberían estar ya superadas. Una serie de monstruos pretéritos, que suponíamos muertos y enterrados hacía tiempo, van saliendo de sus tumbas y se pasean de nuevo por países supuestamente civilizados. Si miramos a Estados Unidos, por ejemplo, durante cierto tiempo el paradigma de sociedad avanzada que nos servía de referente, volvemos a tener fascistas gritando orgullosos por las calles; libertades recortadas en nombre de la seguridad; la separación de poderes, eslabón fundacional de la democracia, cada vez más diluida; medios de comunicación convertidos en altavoces de la demagogia de quien les paga las facturas, como la cadena Fox, mientras se difama, amenaza o silencia a otras, como la CNN; discriminación sistemática de una parte de la población, sea por sexo, color de piel o ideología; políticos enrocados en ideas obsoletas, empezando por su presidente, que han perdido el miedo a que la mentira sea el fundamento donde edifican su programa; y, en medio de todo ello, una mayoría que se deja manipular sin cuestionarse prácticamente nada. Quienes pensaban que la última revolución ideológica, la de los 60 y 70, había eliminado para siempre estas reliquias históricas han pecado de optimistas.

El hombre no tropieza dos veces en la misma piedra: lo hace constantemente. Y eso ocurre porque ciertos comportamientos están integrados en nuestra especie gracias a la selección natural, gracias a que en algún momento clave de nuestro pasado nos dieron algún tipo de ventaja esencial. El estado basal de los humanos es la xenofobia, el machismo, el totalitarismo y el sistema de castas. A pesar de todos los esfuerzos que hacemos para evitarlo, nunca dejaremos de sentirnos atraídos por eso. No culpen a nadie más que a la biología: es la estructura social que adoptamos espontáneamente en función de lo que nos permitía sobrevivir mejor, como lo han hecho los demás animales del planeta.

Pero nosotros somos diferentes. Nuestro cerebro privilegiado nos ha dado la capacidad de cambiar las cartas que nos venían dadas. Poco a poco, hemos ido encontrando alternativas a este sistema operativo que teníamos instalado por defecto. Nos pasamos buena parte del siglo XX desobedeciendo una serie de instintos que nos coartaban el progreso, para poder construir así un modelo diferente, más acorde con el nuevo formato de justicia que se formaba en el imaginario colectivo. Tenemos que estar orgullosos, pues, de no estar ya a merced de los dictados biológicos, de habernos salido del camino marcado a nivel social. Por eso duele ver que, tras la cortina impoluta de la civilización moderna, seguimos siendo tan bestias como siempre. Se trata de no bajar nunca la guardia, porque, llegados a este punto, evolucionar significa evitar que la evolución nos imponga sus normas.

¿Funciona también la premisa a nivel individual? Parte fundamental de la construcción de esta sociedad más igualitaria que perseguíamos era cargarse la máxima sagrada de la supervivencia de los fuertes. Esto significa favorecer que no solo los más aptos aporten sus genes a la mezcla que define la especie. Esto significa, una vez más, pervertir los principios de la selección natural. Y así lo estamos haciendo. Por ejemplo: la medicina moderna ha permitido que no solo las personas con los mejores sistemas inmunes sobrevivan a la infancia o que un porcentaje inusualmente alto llegue a la vejez.

¿Qué efecto a largo plazo tendrán estas injerencias? Aún es pronto para saber el impacto, porque nuestra unidad de tiempo es el año, mientras que la de la selección natural es el siglo. Pero sabemos que el genoma humano no es estático: a pesar de todo, no hemos frenado la evolución. Un estudio publicado hace un par de semanas en la revista 'PLoS Biology' lo confirmaba. El análisis de más de 200.000 muestras de ADN concluía que, en tan solo un par de generaciones, la humanidad ha incorporado variantes genéticas que favorecen la longevidad. Esto es inaudito. La selección natural solo actúa sobre las características que nos hacen procrear mejor. No tiene ninguna necesidad de alargarnos la existencia, por eso nuestra esperanza de vida media antes de que interviniéramos era de menos de 40 años. ¿Por qué está cambiando la norma? Porque hay algo que relaciona el éxito reproductivo y la longevidad, y todavía no sabemos qué es. Por mucho que pensemos que controlamos la situación, la biología siempre tendrá alguna carta escondida. La ciencia debe continuar ayudándonos a luchar para ser los que elijamos si queremos aceptarla o no. 

[Publciado en El Periódico, 16/9/17. Versió en català.]

martes, 25 de julio de 2017

Tan complicados, tan sencillos

Uno de los momentos clave de la historia fue descubrir que todos los seres vivos están hechos de células, que no somos una sola entidad sin fronteras internas sino un complejo rompecabezas de piezas muy diversas. Lo es claramente desde el punto de vista médico, porque ha permitido entender que un organismo deja de funcionar correctamente porque lo hacen algunas de sus partes microscópicas. Enfermamos porque nuestras células enferman. Esto ha resuelto muchos enigmas abriendo la puerta a la era de la biomedicina, una manera de entender la salud que nos ha llevado a las terapias dirigidas, los tratamientos moleculares o la medicina personalizada. Son formas de admitir que para curar a un individuo tenemos que solucionar los problemas de las unidades que lo forman.

Reconocer que somos como un cúmulo de células también es un punto de inflexión desde el punto de vista filosófico. Darnos cuenta de que el cuerpo se puede fragmentar en millones de pequeños módulos independientes, que tienen un sentido vital por sí solos, nos ha permitido encarar nuestra existencia de forma más humilde. Grandes disquisiciones sobre el pensamiento y la conciencia, que habían ocupado largas horas a los sabios, cambiaron radicalmente cuando supimos que lo que nos hace humanos está definido por unas neuronas perfectamente sincronizadas e interconectadas, regidas por las mismas normas que cualquier otro fragmento de materia.Ya no necesitamos buscar explicaciones sobrenaturales a lo que la bioquímica y la genética pueden justificar por sí solas. El estudio del saber siempre ha sido un ejercicio de antropocentrismo, para el que los humanos ocupamos el vértice de la pirámide intelectual de este planeta, pero la biología tiene esta habilidad de ponernos en el lugar que nos corresponde: nos permite describir de una manera física todas estas habilidades que siempre nos han hecho sentir como unos escogidos.

Más de una vez he discutido con un buen amigo científico si hemos de considerar al ser humano como la máxima meta de la evolución. Todo depende de qué definiciones usamos, claro. Sin duda, el hecho de ser los únicos seres vivos conscientes de nuestra existencia y de nuestra mortalidad nos da una ventaja en muchas de las clasificaciones posibles. Y también se puede argumentar que un ser vivo capaz de crear belleza tan solo por el placer de contemplarla, leerla o escucharla juega a una liga evolutiva diferente. Pero si dejamos de lado nuestro espectacular cerebro y los beneficios que nos reporta, el resto es bastante comparable a tantos otros prodigios que el tiempo y el azar han ido construyendo.

En este sentido, no somos nada especial. Hay muchos organismos multicelulares que son preciosos ejemplos de adaptación a su entorno. Y aún es más espectacular un elemento como un virus, que ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en considerar si está vivo o no, tan simple y tan exquisitamente hábil a la hora de perpetuar su ADN en todas partes. En comparación, nuestra carcasa es demasiado débil para subsistir en la mayoría de entornos sin ayudas artificiales que complementen las carencias. Los virus no tienen estos problemas: ya estaban aquí antes de que apareciéramos y seguirán cuando nos extingamos.

Además, la aparente complejidad de la naturaleza es a veces más simple de lo que parece, y nosotros podríamos servir de modelo para esta paradoja. Nuestro genoma, el libro de instrucciones que nos hace tan poderosos, no es ni mucho menos el más largo conocido. Tiene 3.200 millones de letras, por los 150.000 de la flor 'Paris japonica' o los 22.180 del pino. Son organismos teóricamente más simples, pero con mucha más información en las células. Y aún es más sorprendente que una ameba, hecha de una sola célula, los supere con 670.000. También encontramos el ejemplo contrario: unos hongos pluricelulares funcionan con un genoma del tamaño del de una levadura, mucho más pequeño de lo que les correspondería. La evolución había eliminado lo superfluo.

Esto hace que nos preguntemos cuál es el mínimo necesario de datos para generar un microbio, una planta o un humano. ¿Hasta dónde se puede reducir la información que realmente se necesita para definir nuestra complejidad? Seguramente mucho más de lo que le gustaría a nuestro ego. Nos creemos que somos especiales porque hemos alcanzado un nivel superior de pensamiento, pero al fin y al cabo, construir un humano no requiere nada del otro mundo.

[Publicado en El Periódico, 15/07/17. Versió en català.]

lunes, 26 de junio de 2017

El cielo azul fuera de la caja

Desde fuera, la ciencia puede parecer un bloque homogéneo que aglutina todo el saber que vamos adquiriendo sobre nosotros y nuestro entorno. Tal fue así en los inicios pero, hoy en día, si nos acercamos un poco, veremos que está hecha de un montón de pequeños compartimentos terriblemente especializados. La cantidad de datos que hay que dominar para poder contribuir de una manera significativa a uno de estos campos es ingente y, además, no para de aumentar. Este es el motivo principal por el que los científicos hemos acabado haciéndonos expertos solo en una pequeña parcela, y demasiado a menudo no sabemos muy bien qué pasa en las otras, ni siquiera en las que tenemos más cerca.

Somos conscientes de que esto es un problema que dificulta el progreso. La prueba es que los descubrimientos importantes actualmente los suelen hacer equipos multidisciplinares capaces de integrar habilidades que provienen de campos diversos. Pero no siempre es fácil encontrar la forma de derribar los muros que nosotros mismos hemos tenido que construir para poder procesar mejor el conocimiento que estamos acumulando.

La semana pasada me invitaron al simposio que el Instituto de Bioingeniería de Catalunya, el IBEC, organizaba para celebrar su décimo aniversario. El IBEC es un centro de investigación que, a pesar de su corta vida, ha conseguido aglutinar una masa crítica de talento, mucho de él tan joven y visionario como la misma institución, que genera de forma consistente una producción competitiva a nivel internacional, en áreas tan innovadoras como la nanomedicina. Es un ejemplo a seguir y se debe felicitar a los directores que ha tenido, primero Josep Anton Planell y ahora Josep Samitier, por la buena labor que han hecho.

Una de las conferencias del simposio la dio Thomas Skalak, director de la fundación que Paul Allen montó para promover la investigación. Los estadounidenses nos llevan ventaja en varios temas, no nos debe dar vergüenza admitirlo. Uno de ellos es la ciencia, que está mucho más integrada en el tejido social que en el sur de Europa. La prueba es que las grandes fortunas de Estados Unidos, como el mismo Paul Allen o su compañero en Microsoft, Bill Gates, entienden que la manera más productiva de crear un impacto duradero es invertir una buena cantidad de capital en apoyar la investigación. Algo parecido ocurre en el Reino Unido, donde hay una serie de 'charities' (oenegés) que prácticamente duplican presupuesto estatal.

En cambio, en España, que puede estar orgullosa de ser el país natal del hombre más rico del mundo (actualmente ocupa 'solo' el segundo lugar de la lista), el apoyo privado al sector científico es más bien escaso. Hay algo en la cultura anglosajona que les permite entender la importancia social y económica de la ciencia, mientras que gran parte del Mediterráneo todavía está cómodamente instalado en el "que inventen ellos". Quizá a fuerza de insistir acabaremos rompiendo el círculo vicioso y concienciando un poco las nuevas generaciones.

Otra cosa que hacen bien los americanos es mirar dónde están las fronteras y buscar la mejor manera de cruzarlas. Skalak explicaba que una de las prioridades de su fundación es incentivar el 'blue sky research'. La traducción literal sería la "búsqueda de los cielos azules", y significa apoyar ideas que pueden parecer locas porque se salen de las líneas de pensamiento ortodoxas y aceptadas. También llaman 'thinking outside the box', pensar fuera de la caja. Aunque este enfoque muchas veces no acaba dando ningún fruto útil, un buen número de los grandes avances de la historia se han hecho de esta manera. Es encomiable, pues, que haya personas que quieran jugarsela con inversiones de alto riesgo para cubrir el espacio donde el dinero público no suele llegar.

Pasarme dos días escuchando a los físicos, químicos e ingenieros del IBEC hablando de las nuevas herramientas que están construyendo para la biomedicina me supuso un montón de ideas frescas en la cabeza y me obligó a salir un rato de mi caja para entender cómo trabajan otras disciplinas científicas que persiguen los mismos objetivos.

Es un ejercicio que todos deberíamos hacer de vez en cuando, sea cual sea nuestro trabajo. Fijarse en el cielo azul puede que no te lleve a ninguna parte, pero a veces te puede ayudar a descubrir un universo nuevo. Hasta que no lo pruebes, no lo sabrás. Al fin y al cabo, la humanidad ha llegado hasta donde estamos ahora precisamente porque no nos ha dado miedo lanzarnos de cabeza a lo desconocido. Necesitamos más gente que quiera seguir esta tradición y, sobre todo, que unos cuantos privilegiados tengan la inteligencia de financiar la aventura.

[Publicado en El Periódico, 17/6/17. Versiò en català]

martes, 6 de junio de 2017

9 años


Hoy este blog cumple 9 años. Muchas gracias a todos!

martes, 30 de mayo de 2017

Sangre joven

Erzsébet Báthory, una condesa húngara que nació a finales del siglo XVI, ha pasado a la historia como la asesina en serie más prolífica de la que se tiene constancia. Aunque no se sabe con exactitud el número de sus víctimas, se calcula que podrían haber sido unos cuantos centenares, todas chicas jóvenes. Esta es la parte que se cree cierta; a partir de aquí han nacido las leyendas. Una de las más difundidas es que Báthory mataba doncellas para poderse bañar en su sangre, porque creía que evitaría que envejeciera. Se dice que esta historia, mezclada con la figura de otro noble sanguinario de la zona, el rumano Vlad Tepes, es lo que inspiró a Bram Stoker su personaje más célebre, Drácula.

Cuatrocientos años después de la muerte de la condesa asesina, estamos viendo que quizá no iba tan desencaminada. Descubrimientos recientes indican que, en las primeras décadas de la vida, en la sangre habría uno o más factores que podrían contribuir a mantener los órganos en buen estado, y que esto podría tener efectos rejuvenecedores en los tejidos de las personas de edad avanzada. El experimento que dio la primera pista es de hace poco más de una década. Unos científicos de la Universidad de Stanford unieron los sistemas circulatorios de un ratón viejo y uno joven, para que las sangres mezcladas fluyeran por los dos cuerpos. Esta es una técnica clásica, usada por los fisiólogos desde hace tiempo, que se llama parabiosis. Lo que demostró es que la sangre del ratón joven hacía que los huesos del viejo aumentaran de densidad, como si estuvieran yendo atrás en el tiempo. Más tarde se vio que también mejoraba la capacidad de reparar heridas y que aumentaba las conexiones entre neuronas en el cerebro.

Desde entonces se ha estado buscando cuál es el componente rejuvenecedor que hay en la sangre. Una hipótesis señala a la proteína GDF11, que reactiva las células madre, pero no hay unanimidad. El mes pasado se hizo un nuevo experimento, esta vez inyectando plasma de cordón umbilical humano a ratones viejos. El resultado es que mejoraba significativamente la memoria de los animales. En este caso, se cree que la proteína responsable del efecto es la TIMP2. Hace unos días estaba en un tribunal de tesis en la que el candidato hablaba de la implicación del sistema inmunitario en el envejecimiento. Los datos sugerían que, con la edad, los glóbulos blancos pierden la capacidad de limpiar los tejidos, concretamente de eliminar las células envejecidas que se acumulan y entorpecen su buen funcionamiento. Si esto es correcto, no solo las proteínas de la sangre joven podrían frenar el paso del tiempo, sino también alguna de las células que circulan.

Aunque es más revolucionaria la idea que propusieron a principios de abril científicos del Max Planck Institute. Pusieron peces viejos, de los que se había eliminado todas las bacterias que tienen en el tubo digestivo, en contacto con excrementos de peces jóvenes. Cuando los viejos asimilaron la flora intestinal que había en los desechos, pasaron a ser más activos y a vivir un 37% más. Este trasplante de microbioma, por llamarlo técnicamente, demuestra que la composición de las bacterias del intestino tiene un efecto sustancial sobre la longevidad, al menos en algunos animales. La razón es aún desconocida y no se sabe si en humanos funcionará de la misma manera.

Estos datos tienen un gran impacto potencial. Si se confirman, querría decir que podríamos usar inyecciones de plasma y pastillas de excrementos (o, aún más práctico, un cóctel de proteínas, células y bacterias) para frenar el envejecimiento y la degeneración asociada, por ejemplo en enfermos de alzhéimer. Y si no funcionara nada de esto, hay otras opciones. En mi laboratorio, por ejemplo, investigamos cómo eliminar células viejas con nanopartículas o si bloquear una proteína ralentiza los síntomas de la edad.

Otros científicos están estudiando compuestos diferentes. Sea como sea, la primera 'píldora de la longevidad' no está muy lejos. Es posible que nuestros hijos ya la puedan tomar. Esto significa que deberíamos comenzar a discutir las implicaciones sociales. ¿Qué pasará si cada vez más gente llega a los 100 años? ¿Lo resistirá el planeta? ¿Cuánto tendremos que extender la edad de jubilación si seguimos fuertes y activos más tiempo? ¿Cómo afectará al mercado laboral para los jóvenes? La ciencia avanza muy rápido y debemos esforzarnos en seguir su ritmo para prevenir los efectos negativos que puede tener.

[Publicado en El Periódico, 20/5/17. Versió en català.]

martes, 2 de mayo de 2017

Un día de ciencias y de letras

Como este domingo es Sant Jordi, estos días me han invitado a dar charlas en escuelas e institutos. En algunos me han pedido que fuera como escritor, y en otros como científico, pero en todos he tratado de defender que la diferencia entre letras y ciencias no lleva a ninguna parte. Son dos caras de una moneda, igual de esenciales a la hora de aprender cómo funciona el mundo. Es absurdo que se nos aísle tan pronto de una de las dos disciplinas y hay que luchar por corregir estas carencias que tiene el sistema educativo. Lo he mencionado otras veces, así que no me extenderé más sobre este tema. Lo que sí haré es aprovechar para repasar ejemplos de científicos que escriben, personas que no se han creído la impermeabilidad entre letras y ciencias, y que han publicado novedades interesantes. Que sirva de paso como sugerencia para los que aún no tienen claro qué libro deben regalar o para quienes buscan algo más que los autores que coparán el top ten.

Siddhartha Mukherjee, autor de un libro sobre el cáncer que se convirtió en un éxito, vuelve ahora con 'El gen, una historia íntima', un volumen exhaustivo que acerca el fabuloso mundo de la genética a todos los lectores. Mukherjee ha conseguido crear una hábil mezcla de autobiografía, divulgación y libro histórico, que funciona muy bien a la hora de repasar algunos de los descubrimientos más importantes del último siglo. La genética es lo que define a todos los seres vivos y, por tanto, es esencial que entendamos cómo funciona. Este libro es un cursillo acelerado que nos pone al día de manera entretenida y accesible.

Manel Esteller, uno de los líderes mundiales de la investigación epignética, es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas de forma clara y directa Pero hay vida más allá de la genética, y eso es lo que nos explica Manel Esteller, uno de los líderes mundiales en la investigación epigenética, en 'No soy mi ADN. El origen de las enfermedades y cómo prevenirlas'. Los lectores de esta sección ya saben que el doctor Esteller es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas complejas de forma clara y directa. En su nuevo libro utiliza casos reales para explicarnos con un lenguaje fácil de entender cómo la epigenética influye en nuestra salud y qué podemos hacer para minimizar el riesgo a enfermar. Muy recomendable.

David Bueno, otro reconocido científico-divulgador, acaba de publicar 'Neurociència per educadors', un ensayo que contiene «todo lo que siempre han querido saber del cerebro de sus alumnos y nunca nadie se ha atrevido a explicar de manera comprensible y útil». A pesar del título, es un libro útil no solo para los que se dedican a la enseñanza, sino para todos los que quieran conocer un poco mejor cómo funciona el cerebro humano, todavía hoy uno de los misterios más grandes que podemos encontrar en este planeta.

En países como Gran Bretaña se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público y un libro de divulgación es habitual que sea un 'best-seller' 'Pa ciència, la nostra' es el nombre de guerra de Màrius Belles y Daniel Arbós, un dúo de científicos que hace divulgación con mucho humor. Pueden escucharlos en la radio, y también han editado un libro con el mismo nombre, subtitulado 'Curiositats científiques del dia a dia'. Es especialmente indicado para quienes creen que la ciencia es algo pesada y aburrida. Aparte de provocar sonrisas, sirve para darnos cuenta de que, aunque queramos ignorarla, la ciencia está en todas partes.

Hace unas semanas, antes de la llegada masiva de novedades de Sant Jordi, a las listas de los más vendidos se asomaron varios libros científicos, hecho bastante inusual. Entre ellos estaba el de David Bueno, y también 'Cuántica' escrito por José Ignacio Latorre, profesor de física teórica de la Universitat de Barcelona. Que un ensayo sobre un tema tan difícil como la física cuántica haya tenido buena aceptación demuestra dos cosas importantes. Por un lado, que hay interés en saber más sobre la ciencia. Y por el otro, que tenemos gente capaz de explicar las ideas más avanzadas de forma que cualquiera pueda captarlas sin conocimientos previos.

En ciertos países es habitual que, de vez en cuando, un libro de divulgación se convierta en un superventas. Son lugares donde se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público. En el Reino Unido, por ejemplo, tienen figuras mediáticas como Brian Cox o David Attenborough, científicos capaces de ofrecer conferencias multitudinarias, vender cientos de miles de libros o dominar el prime time televisivo con sus documentales. En nuestro país aún queda un poco para llegar a este punto, pero si nos esforzáramos todos algo estoy seguro de que lo conseguiríamos. Para empezar, ¿por qué no regalan mañana un poco de ciencia?

[Publicado en El Periódico, 22/4/17. Versión original en catalan.]